martes, 22 de mayo de 2012

Corazón de lana


Stephanie era una chica londinense que se había mudado a Alemania con su padre por cuestiones de trabajo. Tenía 15 años y con este gran paso había dejado atrás a todos sus amigos atrás para llegar a un sitio donde nadie era capaz de entenderla. Comenzó el instituto en el susodicho país, el primer día le resulto simplemente horrible, estaba aprendiendo el idioma y la habían puesto con personas de un aprendizaje más lento, además nadie se dignó a hablarle, y aunque lo hubiese hecho, esta no podría entender lo que le decían. Para colmo al llegar a casa se encontraba totalmente sola, pues, su padre trabajaba hasta tarde. Se aburría mortalmente y para entretenerse, jugaba con un montón de muñecas que tenía, cuales había confeccionado su madre cuando estaba viva. Entraba en su habitación y recordaba el fatal momento que tenía grabado en sus pupilas aun habiendo ocurrido cuando era mucho más niña. Venía del parque con su padre, sonriendo y con una gran piruleta en la mano, entró en casa y nada más pasar a la cocina observaron un cuerpo tirado en el suelo, su madre muerta a causa de un tumor que se alojaba en su cerebro y que por causas de dinero nunca pudieron llegar a tratar, aun estando ahorrando un montón para ello, ya era demasiado tarde. Abrió los ojos y se encontró en la realidad tumbada encima de la cama llorando sin consuelo, abrazando una muñeca que su madre preparó sus días de embarazo para ella. En ese momento resonaron las llaves de su padre y momentos después se abrió la puerta.-Ya estoy en casa cariño-dijo su padre en voz alta. Stephanie se secó las lágrimas y fue hacia el sonriente, mintiéndole diciendo que había tenido un día magnífico y había hecho numerosos buenos amigos, sonrió, se dispusieron a cenar y se acostaron.
Paso el tiempo y ella seguía sin conseguir amistad ninguna, eso si, era una adolescente y no pudo evitar posar sus ojos en un apuesto joven rubio de ojos azules llamado Brandeis. Para ella era como un ángel que vivía en la tierra, dulce y tierno, pero ella todavía se estaba iniciando en el idioma, no sabría más que saludar y preguntarle que tal estaba. Entonces se puso a trabajar en algo para decirle todo lo que lo amaba sin tener que decir una palabra. Cogió el material de costura de su madre, un montón de hilo, telas y lana, y una pequeña máquina de coser manual, con generaciones de antigüedad. Esa semana casi ni durmió, había recordado el tiempo que pasaba mirando a su madre coser y con ese vago recuerdo le hizo un vestidito rojo con un corazón. Y el día siguiente al terminarlo se lo entregó, el se quedo impasivo, echó una risita y tiró el muñeco a una papelera cercana. Su corazón quedo roto en mil pedazos, recogió el muñeco y se fue corriendo. Cuando llegó a su clase desilachó el muñeco y lo metió en su maleta. Siguientemente llegó la profesora y reino el silencio.  La maleta comenzó a revolverse hasta quedarse y tumbada y el muñeco salió rodando en el suelo. En ese momento una profesora cruzó la puerta, su pelo rizado y canoso llamó la atención de todo el mundo, y cuando se fue el muñequito ya no estaba. Terminó la hora y toda la gente salió al pasillo, vio al chico que le gustaba dirigiéndose hacia ella, la cogió por los hombros y comenzó a gritarle. Ella distinguió sangre manando de su cabeza y se asustó, chilló y retrocedió. Cuando terminaron las clases el chico no se despegó de ella hasta llegar a su casa y cuando fue a cerrar la puerta este la paró y siguió gritándole más tranquilo cosas para ella sin sentido y en ese momento algo parecido a un hilo de lana se deslizó lentamente por la puerta rodeándole el cuello para siguientemente tirar hasta despegarlo del suelo. Ella tiró de él y cerró la puerta cortando los hilos. Brandeis estaba aterrorizado, salió corriendo hasta la habitación donde se encerró. Stephanie intentó abrirla pero la había atrancado con una silla. Se agachó y miro por la cerradura, vio como una pequeña forma rompía la ventana y se tiraba contra el niño. Pegó un empujón y la puerta cedió  y vio al muñequito sobre su cuello, se fue a acercar pero los hermosos muñecos que su madre había cosido se habían tirado sobre él. Agarraron su piel y tiraron hasta dejarlo en carne viva y posteriormente comenzaron a arrastrarlo hacia el salón. La chica miraba horrorizada como lo metían en la chimenea y encendían el gas. Los muñecos deliraron y cayeron al suelo, excepto el que tanto trabajo le costó fabricar que estaba sentado encima de él con un paquete de cerillas. El niño soltó un alarido y el muñeco una chispa. En cuestión de segundo ardieron los dos, la chiquilla lloraba sin saber que podía hacer cuando llegó su padre que se tambaleo al ver la escena. Entre los dos retiraron y enterraron el cadáver pues nadie les habría creído, pero cuando se dirigieron a limpiar el estropicio del salón la chica palideció, con hollín en la chimenea se escribió una frase que le costará olvidar: “kisses, Mommy”

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