domingo, 21 de octubre de 2012

El precio de la vida


La sangre es la llamada moneda de la vida, derramando sangre puedes quitar almas de tu camino, hacerte con territorios gigantescos y someter a millares de personas, aunque puede que la frase anteriormente dicha tenga un sentido más literal.
Abel era un conde con grandes dominios, tierras que se extendían desde su castillo hasta las montañas, grandes riquezas y una fama que mantenía la paz entre los habitantes de sus tierras y a raya a cualquier enemigo que buscase terreno para conquistar. Aparte de todo eso era un hombre como otro cualquiera, tenía una esposa a la que amaba con locura y una hija por la que movería cielo, tierra y mar si era necesario.
Todo estaba tranquilo hasta que un día un mensajero creó la tensión es ese apacible territorio. Hablaba de un inmenso ejército de doradas armaduras dispuestos a atravesar las montañas por distintos puntos para aniquilar a su población y crear la capital de un gran imperio, que duraría más de mil años siendo gobernado por un Dios. No dejaba que nadie viese lo que sentía, pero por dentro estaba hirviendo en cólera, y rápidamente convocó a gran parte de su ejército, dejando los mejores guerreros para defender parte de su pueblo y especialmente el castillo, donde se refugiaban su razón de vivir.
Cogieron los caballos y partieron para la zona más abierta y con menos relieve, tenían mucha ventaja en ese terreno, lo conocían muy bien, cada lago o cueva le era familiar. Subieron evitando los caminos que podrían estar utilizando los invasores, y encontraron al poco tiempo un gran número de soldados de dorados ropajes, liderado por un hombre lleno de cicatrices, llevaba una armadura enorme y una espada enorme de doble filo en su espalda, debió de ser un gran monstruo en la guerra pues su mera presencia daba coraje a sus hombres, un coraje que desapareció por completo con un agudo silbido producido por el centelleante acero chocando contra el aire, la carne y el hueso del capitán. Su cabeza se elevó en el aire y su cuerpo se convirtió en una fuente que emanaba sangre, el cuerpo calló inerte manchando de sangre a sus camaradas y detrás solo un hombre que envainaba su ensangrentada espada con una sonrisa en el rostro, mirándolos con sus ojos azules, un azul tan potente que daba lugar a sensación de vacío. Tomaron postura ofensiva y se dirigieron al ataque embravecidos, a punto de alcanzarlo estaban cuando dos caballos con su respectivos jinetes salieron de detrás de los árboles y con sus lanzas ensartaron a dos o tres hombres cada uno, con el otro brazo hicieron fuerza hacia abajo en la parte trasera de la lanza, elevando el otro extremo que en ambos casos separó la cadera de la cintura, los demás se elevaron hasta desencajarse de las lanzas y salir despedidos hacia los arbustos. Los dorados caballeros estaban aterrorizados por la fuerza de estos terribles monstruos. Ojos amenazantes se veían a través de los arboles, estaban rodeados, comenzaron a gritar e intentaron huir pero innumerables lanzas fijaron sus cuerpos contra los troncos y el suelo.
Así fueron limpiando zona tras zona por las afueras de las montañas, derramando las vísceras de sus enemigos a su paso.
Victoriosos se encaminaron de vuelta a sus hogares pero el paisaje era totalmente desolador, montañas de cadáveres en las calles, soldados persiguiendo mujeres y niños. Abel dio un grito y galoparon al castillo masacrando todo la escoria que se interponía. Abrieron las gigantes puertas de madera y cruzaron los pasillos hasta llegar al salón donde se encontraron a la condesa clavada a la pared por estacas de hierro en las manos y con el pecho totalmente al descubierto, y a la joven sin mandíbula siendo violada por varios soldados mientras grita afónica, sus lacrimales ya estaban totalmente secos. Abel no tenía palabras para nombrar el infierno que tenía delante de sus ojos, sin entretenerse con ningún pensamiento cogió su espada y de un sablazo vertical dividió en dos el cuerpo de uno de los violadores y de otro tajo horizontal separó el cuerpo y la cabeza de los demás. Dio la mano a su hija y cuando esta se iba a levantar una lanza atravesó el hombro del conde obligándole a levantarse, otra le atravesó el otro hombro, ambas se separaron y le obligaron a arrodillarse. Todos sus soldados estaban muertos en el pasillo y los que había dejado protegiendo a su familia le sujetaban con las lanzas. Había sido traicionado por la gente en la que te tenía más confianza. Uno de los traidores elevó la espada para cortar su cuello. El conde Abel se sentía impotente, puso su cara contra el suelo para que no vieran su dolor y cuando la espada comenzó a cortar el viento lamió el suelo, tomó de la sangre que derramaba su mujer y su ya fallecida hija. Un sonido agudo y su cabeza rodó por el suelo, seguido por su cuerpo. Solo les faltaba recoger el cuerpo para humillarlo en nombre del emperador, pero al ir a agarrarlo la carne se deshizo entre sus dedos. Un gran charco se formó en medio de la habitación y la sangre de sus soldados se unía al lago. Del mismo comenzó a salir una mano, un brazo, y al final Abel en ropa más ligeras de un tono rojo carmesí se encontraba de pie en en medio de todo, los soldados muertos se levantaron y el cuerpo de su mujer e hija se hundieron en la sangre. Los soldados se quitaron el yermo y se tiraron contra los traidores y los soldados de dorado. Clavaron sus afilados dientes en su piel arrancando toda la carne que podían, derramando su sangre que acudía rápidamente a sus pies. Las puertas del castillo se abrieron y un río de sangre surgió del castillo, arrastrando a los vivos y a los muertos. De la sangre surgieron caballos y caballeros, campesinos, mujeres y niños, que avanzaban con la mirada perdida,  y enfrente de ellos el conde miraba al frente con sus ojos rojos su próximo destino. Un ejército muerto dispuesto a derrocar a un Dios y su imperio. En las tierras de Abel no volvió a crecer nada, nadie se volvió a instalar, y todos los territorios que eran invadidos por los denominados ``el ejercito dorado´´, sufrían terribles epidemias y se convertían en pueblos fantasma, grandes regiones que desaparecían en una noche y muchos cadáveres desaparecidos. Abel se vengaba del emperador robándole sus riquezas, cobrando su venganza con vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario