domingo, 19 de agosto de 2012

Soledad

La locura o la demencia, es la evasión de la realidad o la vista de la misma de una forma distinta al resto de las personas. Reside en todas las personas aunque en algunas personas puede llegar a ser exacerbado por culpa de la rabia, la envidia, el dolor, el sufrimiento o incluso la soledad.
Violeta era niña de unos nueve años, con una piel pálida debida a su enfermedad, sus ojos se mostraban de un azul muy oscuro y eran tan profundos que te podrías perder en su mirada, su cabello negro azabache, oscuro como la misma noche, y su cuerpo era pequeño y delicado, casi de cristal sus huesos que se podían ver ceñidos a su piel.
Vivía en la cama de un hospital que se encargaba de los vagabundos y desamparados, normalmente de huérfanos como ella. Solo salía de esa cama para ir al servicio, cuando despertaba se encontraba el desayuno sobre la mesa, a mediodía una enfermera rauda dejaba la comida sobre su mesita y aun mas rauda  dejaba la habitación. Todos tenían miedo de contraer esa enfermedad al igual que ella, por eso procuraban mantenerla aislada y apartada del mundo, y así evitar un brote.
Se sentía muy sola desde que sus padres desaparecieron huyendo de una deuda debida a un interés de préstamo muy fuera de lo común, mas propia de mafiosos que de banqueros.
Violeta esperaba impaciente la vuelta de sus padres, cuyo único recuerdo era el reloj de pulsera de su padre, que siempre llevaba dando igual lo grande que le quedara. Cada vez que perdía las ganas de vivir lo olía para recordarlo, el calor, el cariño y el amor de otra persona. Cada día que pasaba sola era un infierno, hablaba sola, se inventaba amigos y se reía hasta perder el aliento, acto que llenaba de miedo el corazón de pacientes y enfermeras.
Una mañana del frío invierno que azotaba la ciudad, como entraba en la rutina la enfermera madrugaba para entregarle el desayuno antes de que despertase, pero al entrar la chica se encontraba sentada con las manos ocultando su cara. La enfermera tenía miedo pero debía averiguar que se encontraba bien, se acerco y cuando observó la sangre entre sus dedos no tubo mas remedio que agarrarla, y agitarla para que reaccionara, pero sus ojos estaban abiertos lo mas que podían, llenos de sangre y su cara reflejaba la mas pura demencia, algo duro de ver. Al observar las cámaras de seguridad se pudo ver como comenzaba a llorar durante horas, hasta perder los nervios y comenzar a gritar de madrugada, sollozaba desesperaba, solo pedía a alguien, un poco de cariño, quizás un abrazo, se encontraba tan sola. Se terminó quedando afónica pero seguía gritando, sus lágrimas se tornaron en un color rojo oscuro, y corrían entre los dedos. Para finalizar esa infernal noche comenzó a reírse sin hacer más que un sonido hueco, hasta que dejó de respirar.
Los médicos quedaron horrorizados al observar el cadáver y tampoco sabían que hacer, no tenía padres ni nadie que le fuese a dar sepultura y nadie quería tener contacto con su cuerpo. El médico más antiguo entró en la sala sin pensarlo dos veces, ya había disfrutado su vida y alguien tenía que hacerse cargo, así que cogió el cuerpo envolviéndolo en una sabana y lo arrojó al sótano, y los siguientes días los dedicó a sellarlo con ladrillos y pintar la pared para borrar todo indicio de que existiera esa estancia. Más tarde encontró el reloj, pero al no poder acceder al sótano, lo enterró en el jardín.
Con los años el doctor murió de viejo, los trabajadores fueron a buscar mejores empleos, solo quedaron unas pocas enfermeras que con ayuda de las monjas de un convento convirtieron ese hospital en un orfanato. Paso el tiempo y las antiguas enfermeras también llegaron a morir por la vejez. Era una casa llena de vida y amor donde todos los niños mantenían una perfecta convivencia. Jugaban y se divertían hasta que un día tres amigos; Diego, Enrique y Lucas se encontraron un raro objeto en el jardín, una especie de reloj oxidado y roto. Ya no servía para nada pero parecía muy valioso y decidieron turnar el reloj. La primera semana le tocaba a Diego, un reloj roto e inútil pensaba, pero si los otros dos lo querían él no iba a ser menos. Dejo el reloj encima del lavabo y decidió darse un baño. Llenó la bañera y se metió, era tan relajante, hasta que un sonido cortó el silencio. El chico no sabía de donde venía, miraba en todas direcciones y se percató que las manecillas comenzaban a moverse. Se había llevado un gran susto pero ya se sentía mas relajado, cerró los ojos pero ese tic-tac no dejaba dormir a nadie, y al abrirlos vio algo extraño, el agua trepaba por la pared hasta el techo, y del techo se extendía por todo el baño, y comenzaba a tomar forma. Ese agua escribía una sola palabra en el techo y las paredes* sola *. Las palabras comenzaron a coger un tono rojo oscuro a la vez que el chico huía, pero la puerta estaba cerrada, se puso contra el lavabo, miro su reflejo en el espejo y al darse la vuelta, en el espejo apareció la imagen de una niña muy delgada y pálida, ojos profundos y cansados y un pelo largo y negro. Sus manos sobresalían ya del cristal cuando agarro a Diego por los ojos y lo empujó hacia si. El niño gritaba y forcejeaba aterrorizado sin saber que estaba pasando, pero ella era mucho más fuerte y al apretar hizo estallar sus ojos dentro de sus cuencas. El chaval gritaba ya de dolor, su nuca ya tocaba el cuerpo de la niña, pero este clavaba sus dedos en las paredes para evitar ser arrastrado. En un último tirón las uñas se rompieron o se quedaron en la pared mientras el niño fue clavado por el cristal.
Enrique entró al baño y solo encontró el suelo lleno de agua y el reloj roto y quieto que le tocaba custodiar a Diego. Si el no era lo bastante responsable de cuidarlo, lo haría él, no notaría la perdida si se le olvida de esa manera.  Así que el día siguiente se lo puso, y se fue a la biblioteca del orfanato. Leía un cuento fantástico, propio de chicos de su edad, estaba a punto de leer el final cuando la última página del libro salió volando, que extraño estando la puerta cerrada,-pensó-.La página fue a llegar a lo mas alto de la estantería y comenzó a escalar entre los libros y las tablas, llegó arriba y cogió el papel, pero había algo fuera de lo común. Tic-tac,-escuchó-, entonces todos los libros salieron de los estantes y las hojas de papel volaban por toda la habitación, el chico tenía miedo y solo buscaba no caerse, y cuando miro hacia delante, sobre el estante la pálida niña le dedicó una sonrisa, el chico cayó gritando del miedo y antes de caer estacas echas de papel lo empalaron dejando derramar su sangre en el suelo. Las estacas se derrumbaron dejando caer al niño al suelo. Una monja entró y vio al chico, ya pálido como la nieve por la falta de sangre en el suelo, y cuando se fue a acercar el montón de papeles lo envolvió, y para cuando lo fue a salvar entre los papeles no había mas que aire. Y un viejo reloj roto. Guardó el reloj y fue inmediatamente a la policía y les explico lo sucedido. La encontraron como una vieja chiflada que tenía visiones pero no había nada más que hacer por lo que decidieron seguir el juego a la señora. Estos se quedaron investigando el edificio por todas partes, aunque más bien por encima y sin ganas hasta que uno encontró un relieve en una pared. Había encontrado una sala sellada. De mientras la anciana estaba en su habitación mirando el reloj, le dio un golpecito y volvió a funcionar,tubo una leve sonrisa seguida de una tos terrible, le comenzaba a costar respirar y le ardía la garganta, sentía como si fuese a vomitar y al verse en el espejo le pareció ver lo que era un ojo en lo mas profundo de su boca. Los policías entraron en la habitación de la señora para contarle lo descubierto y al abrir la puerta se encontraba muerta con una sonrisa que le había rajado la comisura de los labios hasta las orejas mientras lloraba de dolor. Quedaron horrorizados y tras un tiempo decidieron derribar el muro para ver que contenía la habitación, por si podía ayudar con el caso. Al salir uno vio un bonito reloj en la mesita, por el que podía recibir algo en la tienda de empeños, y se lo puso. Con unas picas derribaron la pared y se toparon con una puerta que se abrió con el mas leve contacto. Entraron y una vez dentro el reloj comenzó a funcionar. Tic-tac se escucho y encendieron las linternas. Cayeron al suelo del impacto, en las paredes y el techo rostros sobresalían y sollozaban. Intentaron darse la vuelta para huir pero al enfocar a la puerta se encontraron a una niña de unos nueve años delante de ella. La puerta se cerró con un estruendo, la niña levantó su rostro dejando ver la cara como el día que murió. Acto seguido seguido uno mirando las caras distinguió a la monja y comenzó a llorar del miedo. Las linternas se apagaron y en medio del silencio con el tic-tac de acompañamiento se escucho con una tierna risita infantil -nunca mas estaré sola-.