
Violeta era niña de unos nueve años, con una piel pálida debida a su enfermedad, sus ojos se mostraban de un azul muy oscuro y eran tan profundos que te podrías perder en su mirada, su cabello negro azabache, oscuro como la misma noche, y su cuerpo era pequeño y delicado, casi de cristal sus huesos que se podían ver ceñidos a su piel.
Vivía en la cama de un hospital que se encargaba de los vagabundos y desamparados, normalmente de huérfanos como ella. Solo salía de esa cama para ir al servicio, cuando despertaba se encontraba el desayuno sobre la mesa, a mediodía una enfermera rauda dejaba la comida sobre su mesita y aun mas rauda dejaba la habitación. Todos tenían miedo de contraer esa enfermedad al igual que ella, por eso procuraban mantenerla aislada y apartada del mundo, y así evitar un brote.
Se sentía muy sola desde que sus padres desaparecieron huyendo de una deuda debida a un interés de préstamo muy fuera de lo común, mas propia de mafiosos que de banqueros.
Violeta esperaba impaciente la vuelta de sus padres, cuyo único recuerdo era el reloj de pulsera de su padre, que siempre llevaba dando igual lo grande que le quedara. Cada vez que perdía las ganas de vivir lo olía para recordarlo, el calor, el cariño y el amor de otra persona. Cada día que pasaba sola era un infierno, hablaba sola, se inventaba amigos y se reía hasta perder el aliento, acto que llenaba de miedo el corazón de pacientes y enfermeras.
Una mañana del frío invierno que azotaba la ciudad, como entraba en la rutina la enfermera madrugaba para entregarle el desayuno antes de que despertase, pero al entrar la chica se encontraba sentada con las manos ocultando su cara. La enfermera tenía miedo pero debía averiguar que se encontraba bien, se acerco y cuando observó la sangre entre sus dedos no tubo mas remedio que agarrarla, y agitarla para que reaccionara, pero sus ojos estaban abiertos lo mas que podían, llenos de sangre y su cara reflejaba la mas pura demencia, algo duro de ver. Al observar las cámaras de seguridad se pudo ver como comenzaba a llorar durante horas, hasta perder los nervios y comenzar a gritar de madrugada, sollozaba desesperaba, solo pedía a alguien, un poco de cariño, quizás un abrazo, se encontraba tan sola. Se terminó quedando afónica pero seguía gritando, sus lágrimas se tornaron en un color rojo oscuro, y corrían entre los dedos. Para finalizar esa infernal noche comenzó a reírse sin hacer más que un sonido hueco, hasta que dejó de respirar.
Los médicos quedaron horrorizados al observar el cadáver y tampoco sabían que hacer, no tenía padres ni nadie que le fuese a dar sepultura y nadie quería tener contacto con su cuerpo. El médico más antiguo entró en la sala sin pensarlo dos veces, ya había disfrutado su vida y alguien tenía que hacerse cargo, así que cogió el cuerpo envolviéndolo en una sabana y lo arrojó al sótano, y los siguientes días los dedicó a sellarlo con ladrillos y pintar la pared para borrar todo indicio de que existiera esa estancia. Más tarde encontró el reloj, pero al no poder acceder al sótano, lo enterró en el jardín.
Con los años el doctor murió de viejo, los trabajadores fueron a buscar mejores empleos, solo quedaron unas pocas enfermeras que con ayuda de las monjas de un convento convirtieron ese hospital en un orfanato. Paso el tiempo y las antiguas enfermeras también llegaron a morir por la vejez. Era una casa llena de vida y amor donde todos los niños mantenían una perfecta convivencia. Jugaban y se divertían hasta que un día tres amigos; Diego, Enrique y Lucas se encontraron un raro objeto en el jardín, una especie de reloj oxidado y roto. Ya no servía para nada pero parecía muy valioso y decidieron turnar el reloj. La primera semana le tocaba a Diego, un reloj roto e inútil pensaba, pero si los otros dos lo querían él no iba a ser menos. Dejo el reloj encima del lavabo y decidió darse un baño. Llenó la bañera y se metió, era tan relajante, hasta que un sonido cortó el silencio. El chico no sabía de donde venía, miraba en todas direcciones y se percató que las manecillas comenzaban a moverse. Se había llevado un gran susto pero ya se sentía mas relajado, cerró los ojos pero ese tic-tac no dejaba dormir a nadie, y al abrirlos vio algo extraño, el agua trepaba por la pared hasta el techo, y del techo se extendía por todo el baño, y comenzaba a tomar forma. Ese agua escribía una sola palabra en el techo y las paredes* sola *. Las palabras comenzaron a coger un tono rojo oscuro a la vez que el chico huía, pero la puerta estaba cerrada, se puso contra el lavabo, miro su reflejo en el espejo y al darse la vuelta, en el espejo apareció la imagen de una niña muy delgada y pálida, ojos profundos y cansados y un pelo largo y negro. Sus manos sobresalían ya del cristal cuando agarro a Diego por los ojos y lo empujó hacia si. El niño gritaba y forcejeaba aterrorizado sin saber que estaba pasando, pero ella era mucho más fuerte y al apretar hizo estallar sus ojos dentro de sus cuencas. El chaval gritaba ya de dolor, su nuca ya tocaba el cuerpo de la niña, pero este clavaba sus dedos en las paredes para evitar ser arrastrado. En un último tirón las uñas se rompieron o se quedaron en la pared mientras el niño fue clavado por el cristal.